La inteligencia artificial ya se utiliza para analizar el rendimiento, prevenir lesiones, recomendar fichajes, apoyar decisiones arbitrales y detectar posibles irregularidades. El deporte siempre ha trabajado con datos, pero ahora puede convertirlos en predicciones capaces de influir en la salud y en la carrera profesional de una persona.
Pensemos en un caso extremo: un algoritmo concluye que un jugador tiene un alto riesgo de lesión y, a partir de esa predicción, el club decide no renovarle o reducir su valor de mercado. El sistema puede haber analizado su frecuencia cardíaca, el descanso, la carga de entrenamiento o su historial médico, pero una predicción no deja de ser una probabilidad.
Por eso, la cuestión legal no consiste únicamente en saber si la tecnología funciona. También importa conocer qué datos utiliza, quién accede a ellos, durante cuánto tiempo se conservan y si el deportista puede comprender y cuestionar las decisiones adoptadas a partir del sistema.
El AI Act será parte de este marco, junto con la protección de datos, el derecho laboral, los contratos, la ciberseguridad y las normas de cada competición. La regulación deberá avanzar al mismo ritmo que una tecnología cada vez más integrada en el entrenamiento, el arbitraje y la gestión deportiva.
Mi principal reflexión es sencilla: el deportista no puede convertirse únicamente en una fuente de datos. Igual que en los sistemas de scoring crediticio no debería denegarse automáticamente un préstamo sin una revisión humana real, una predicción sobre lesiones, rendimiento o evolución profesional no debería decidir por sí sola una alineación, un fichaje o una renovación. La supervisión humana debe permitir entender el resultado, contextualizarlo y corregirlo cuando sea necesario.
La pregunta no es solo qué puede hacer la inteligencia artificial en el deporte, sino qué decisiones estamos dispuestos a delegarle.