El documento plantea una idea especialmente relevante: no basta con situar a una persona al final del proceso. La supervisión debe ser real. Quien revisa una decisión necesita formación, tiempo, información suficiente y autoridad para cuestionar, modificar o detener el resultado del sistema.
Desde mi experiencia en privacidad y sector financiero, estos criterios resultan especialmente útiles en procesos como el scoring crediticio, donde una revisión humana meramente formal no elimina los riesgos asociados a una decisión automatizada. La intervención debe poder entenderse, documentarse y demostrarse.